Mi nombre es Nando y soy lo que hago. Y lo que no hago también. Me explico. Conduzco lento. Conseguí el permiso de conducir años después de cumplir los 18. Cuando me matriculé en la autoescuela mis amigos ya hacía años que llevaban a sus novias en los coches de sus papás, lo que quizás no sepan es que sus novias me llevaban a mí, pero de eso no te quiero hablar y si ellos leen esto, como ha pasado tanto tiempo, seguro que me perdonan. Le cogí gusto a lo de examinarme, así que tras diversos ensayos y errores, aprobé la parte teórica. De la práctica prefiero no contar nada. Está claro que eso fue una premonición. En la actualidad ya hace años que conduzco pero hay costumbres que al principio tienes y después te tienen a ti y mi lentitud se ha apoderado de mi forma de conducir. A pesar de mi limitada pericia al volante, mi mujer me lo cede de forma habitual. No descarto que haya algo de cachondeo en el gesto.

Creo que todo ocurre para algo y mi forma de conducir no es una excepción. El camino para identificar ese propósito que hay tras lo que te sucede en ocasiones es cualquier cosa menos sencillo pero llegar a esa meta es indescriptible. Mi lentitud al volante tiene un objetivo que sí te voy a describir. Cada vez que mi mujer me dice que hay que girar a la izquierda e implica un cambio de carril, me he dado cuenta de que hago un gesto automático. Saco por la ventana mi brazo izquierdo y lo extiendo abriendo la mano para pedir permiso. Si hay otro vehículo en el carril al que quiero acceder, automáticamente frena si va más rápido que yo, lo cual no es difícil, y me deja pasar amablemente. Y yo te quiero contar que saco algunas conclusiones de esta práctica: la primera es que el método hasta la fecha es infalible, pues estoy escribiendo ahora mismo en un teclado con mis dos manos y sus correspondientes diez dedos. Bromas aparte, hay algo serio en todo esto (no confundir serio con solemne).

Lo verdaderamente importante bajo mi punto de vista es: el lenguaje genera realidad. Mi brazo extendido es lenguaje, no verbal en este caso, y crea un contexto que provoca un contenido. Dicho con palabras más comprensibles, mi gesto crea una respuesta. Si eres de los que conduce como la mayor parte de ciudadanos estoy convencido de que cuando vas a cambiar de carril y aceleras, si en el carril al que vas a incorporarte hay otro coche, ¿qué sucede? Sí, sí y sí. Que el tipo acelera: “Pa’ listos yo”, parece que te dice mientras te mira con aire de superioridad porque te ha impedido cambiar de carril delante suyo. Y de ahí saco otra conclusión: el comportamiento es contagioso. Los padres que chillan tienen niños que chillan. Si en una reunión o una cena, una persona saca el móvil, no pasará mucho tiempo hasta que alguien lo haga. Si alguien bosteza, ¿qué sucede? Ser educado y respetuoso provoca educación y respeto. Es tan contagioso el comportamiento que hay matrimonios que se acaban pareciendo incluso físicamente. Y hasta este momento, veo una última conclusión: es más productivo poner encima de la mesa tu emoción que no hacerlo. O lo que es lo mismo, expresar una necesidad, un deseo o un objetivo funciona, es eficaz, eficiente e instala un clima en una interacción humana.

¿Cuánto tardas en notar si alguien que está cerca de ti está incomodo? Cuando soy yo el que se siente incómodo, lo pongo encima de la mesa: “Quiero que sepas que me siento incómodo”. Es una paradoja. Al decirlo, te sientes menos incómodo e instalas un clima de confianza. Y puede que estés pensando que depende del contexto y no te diré que no. Pues lo último que persigo con esto que te he escrito es que me des la razón porque no la quiero. No busco que me hagas caso. Sólo quiero mostrarte algo que a mí me sucede y si te apetece y te atreves, lo pruebes. Pruebes a hablar de dentro a fuera.

Author

Maite Vallet

Experta en poner el foco en lo positivo, quiere contagiar su pasión por vivir la vida con sentido. El leitmotiv de su proyecto es que las personas aprendamos a vivir más conscientemente, lo cual tendrá, irremediablemente, un efecto positivo en todo y en todos.

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