Son varios los tics que llevamos arrastrando desde la infancia y uno de ellos es esa especie de ansia por tratar que la balanza de la razón caiga de nuestro lado, como si no tener razón fuera a debilitarnos. De algún modo, un desenlace con la razón a nuestro favor puede interpretarse como una victoria.

Teniendo la razón se siente una falsa sensación de seguridad y de control, pero es únicamente a través de la comparación y la competencia. Responde a una compulsiva necesidad de ponerte en una posición superior y a los otros inferiores.

De hecho, uno de los grandes obstáculos para trabajar en equipo es que, en general, las personas escuchan para contestar en lugar de escuchar para comprender.

¿Cómo sabemos si esto ocurre en las organizaciones? Porque en las conversaciones no hay presencia de preguntas. Nos gusta más exponer que indagar pues así demostramos que el otro está equivocado y que nosotros tenemos la razón.

¿Qué nos hace actuar así? Las presuposiciones. Presuponemos que nuestra interpretación de los hechos es la única posible y deducimos que los demás tiene la misma. Por lo tanto, si alguien no está de acuerdo con esta perspectiva, forzosamente debe estar equivocado, ser un ignorante o un bobo.

No hacemos preguntas porque ya sabemos las respuestas. Muchas veces incluso nos atrevemos a acabar las frases que otros han empezado.

Algo está cambiando pues cada vez más conozco a gente con ganas de aprender y no de presuponer. Ric Elias, superviviente a un accidente aéreo, explica en un recomendable vídeo en youtube sus aprendizajes antes de estrellarse sobre el río Hudson, sobre cómo vive su segunda oportunidad y me impactó especialmente éste: “Ahora ya no trato de tener razón; elijo ser feliz.

Uno de los grandes errores en la educación es creer que teniendo la razón seremos más felices. Ahora sabemos que el aprendizaje es la verdadera fuente de felicidad y eso sólo es posible si das cabida a modificar tus predicciones, a dejarte sorprender.

Desde ese lugar, la curiosidad y la humildad acompañan el comportamiento del ejecutivo en la interacción con los demás. El ejecutivo habla menos, escucha más y se hace preguntas que fomenten la conversación como:

  • ¿Qué fue lo que pasó?
  • ¿Cómo te sientes al respecto?
  • ¿Qué es lo realmente importante para ti en esto?
  • ¿Cuál sería una buena solución para ti?
  • ¿De qué manera te podría ayudar?

Preguntar antes de hablar es una excelente manera de ampliar la información sobre el asunto y nuestra propia perspectiva personal antes de exponer nuestros puntos de vista.

¿Por qué no nos habrán enseñado esto en el colegio? . Tras muchas formaciones y procesos de coaching con ejecutivos, esta es una pregunta que se han formulado repetidamente al aprender nuevos puntos de vista y romper viejas creencias heredadas. Este es el primero de una batería de posts en los que quiero cuestionar algunas de las creencias limitantes con las que hemos crecido y que no nos ayudan.

Author

Maite Vallet

Experta en poner el foco en lo positivo, quiere contagiar su pasión por vivir la vida con sentido. El leitmotiv de su proyecto es que las personas aprendamos a vivir más conscientemente, lo cual tendrá, irremediablemente, un efecto positivo en todo y en todos.

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